miércoles, 19 de noviembre de 2008

HABITAR LOS TRENES

Edgar Morin me llenó de alegría, miré por la ventanilla del tren.
Y pensé que después de todo no tengo de qué quejarme; todos los días me monto en un tren verde precioso que surca silencioso caminos de naranjos y verdes y azules montañas que se alzan a mi lado y a lo lejos.
Al cabo de un rato, que suelo pasar leyendo, llego a una ciudad por lo general soleada, amplia pero no enorme, llena de verde y cúpulas de colores, y casi si no fuera porque aún no me exalta del todo su gente, sería incluso la ciudad hermosa que soñé una noche.
Junto a mí dos señoras gritaban animosas. Caminando unos pasos pude desplazarme a otra sección del tren en la que todos leían en silencio, e imaginé que podríamos hacer algo por Habitar los trenes.

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